La falta de Escepticismo en la Cienciología

LAS MENTIRAS DE LO PARANORMAL

El escepticismo es una cualidad devaluada. Pensamos en una persona prototípicamente escéptica y nos viene a la cabeza un hombre triste, serio, indagador, en sospecha permanente, algo entrado en años y escaso de cabellera, embutido en su sempiterno traje gris y chinchón. Un cara vinagre.

Sin embargo, los ciudadanos de a pie somos, afortunadamente, escépticos impenitentes. El escepticismo aflora por doquier. Los que nos dedicamos a la agridulce profesión del periodismo sufrimos a menudo el escepticismo de nuestros congéneres. Habitualmente, no nos creen. Y a veces con razón. Algunos colegas han colocado a pulso nuestra profesión en los límites de credibilidad más bajos de la historia: “¡Estos periodistas…! ¡No puedes fiarte de ellos!”.

Cuando alguien me espeta una frase tal (y por desgracia ocurre más habitualmente de lo que me gustaría) trato de elogiar en mi interlocutor su inteligente rapto de escepticismo: “Haces bien en no creernos. En realidad, haces bien en no creerte casi nada de antemano”.

Y aun así el mundo está lleno de “corazonadas” de” revelaciones” de “presentimientos”, de mensajes no basados en la evidencia, de soluciones apresuradas y especulativas ante los problemas más extraordinarios. El mundo está lleno de áreas en los que el escepticismo se ha difuminado.

Podemos creernos las cosas porque nos las han “revelado”. Las “revelaciones” son fuentes habituales de autoridad. Alguien nos dice que tiene “una revelación” y tendemos a creer que lo que nos dice alberga algún viso remoto de credibilidad. Si el agente de la “revelación” adorna sus cualidades con una jerga especial, la pertenencia a un grupo exclusivo, la envoltura de un halo esotérico…………. su autoridad se acrecienta.

Sucede, sin embargo, que cuanto más sensible es para nosotros la información que nos dan, mayor debería ser el grado de escepticismo espontáneo que nuestra mente pone en juego. No permitimos, por ejemplo, a nuestro médico que nos diga que tiene “la corazonada” de que la mancha hallada en la radiografía torácica que acaba de hacernos es benigna. No permitimos a nuestro abogado que nos diga que tiene el “presentimiento” de que Hacienda no va a revisar nunca nuestra declaración. Ni siquiera aceptamos al vendedor de nuestro nuevo coche de segunda mano que acuda a sus “corazonadas” para asegurarnos que el vehículo está en perfecto estado.

No es que no nos fiemos del prójimo. No. El mundo no tiene que ser necesariamente un territorio sin ley lleno de personas dispuestas a engañarnos a la primera de cambio. Si el inversor en bolsa pide informes independientes del estado de salud de una empresa y el médico pide una segunda opinión diagnóstica es porque pertenecen a la que pasa por ser la especie más inteligente del planeta, la única que se permite convertir la duda en método.

Los científicos han elevado el escepticismo a la categoría de arte. Hasta el punto de que, si se comportan del modo correcto, terminan por no fiarse ni de sí mismos. Han elaborado un método de trabajo único. Sus tesis seguirán siendo válidas mientras no haya nadie que demuestre lo contrario.

El escepticismo puede desaparecer por muchos motivos: por falta de educación crítica, por falta de tiempo, por pereza… La peor forma de perder el escepticismo es, en cualquier caso, la desesperanza. Los seres agobiados, desesperanzados, angustiados por su realidad, apenados por una desgracia, sufrientes, en estado crítico… son seres condenados a sufrir la terrible tentación de la credulidad. Y es comprensible, y nos compadecemos de ellos.

Nadie puede tener nada contra la madre que acude a la consulta de un chamán en busca de una solución para la enfermedad del hijo al que los médicos han desahuciado. No tiene sentido que exijamos que sea escéptica, que piense que realmente la solución milagrosa que le están ofreciendo no es más que una sarta de embustes. Como tampoco podemos condenar al arruinado, al abandonado por el amor, al solitario, cuando buscan consuelo en el horóscopo del día o consejo en las cartas del tarot. El científico francés Henri Poincaré lo definió de manera sublime: “También nosotros sabemos cuán cruel puede ser en ocasiones la verdad, y nos preguntamos cuánto más consolador es el engaño”.

Los vendedores de supercherías son hábiles en la tarea de pulsar los rincones del alma en los que el escepticismo flaquea. Durante mis primeros años como redactor de la revista Muy Interesante tuve la oportunidad de realizar una investigación sobre la Cienciología, una organización considerada en muchos países una secta destructiva, pero inscrita en España en el Registro de Entidades Religiosas, que construye su ideología sobre un inteligente entramado de apariencia científica y camino de auto superación.

Me entrevisté con algunos de sus responsables más destacados, y pude comprobar de primera mano cómo era el grueso de su clientela. Buena parte de los adeptos llegaban a través de centros de desintoxicación para adictos a las drogas (Narconon). Otros eran captados en lugares de reunión y asociaciones de personas con problemas emocionales. Incluso pude comprobar cómo repartían su propaganda entre personas que acababan de pasar una temporada problemática en un centro de salud mental. Por supuesto, también hay acólitos sin problemas aparentes, si descontamos como problema el haber perdido prácticamente la capacidad para el escepticismo.

Sólo así se entiende, por ejemplo, que profesen credibilidad casi devota a un aparato llamado e-meter o “electropsicómetro”: un par de electrodos (latas metálicas) conectados a un cable que supuestamente es capaz de detectar el estado mental del que lo sujeta con las manos. Ante ese aparato pude ver cómo hombres hechos y derechos, mujeres enteras y verdaderas desnudaban sus almas delante de un compañero, llamado “auditor”, con la confianza de quien se postra en un confesionario, pero con peores consecuencias: quién sabe qué uso haría la secta de aquellas miserias aventadas en público, de aquellos problemas, complejos, delitos, infidelidades, sueños confesados con la aparente asepsia de la tecnología.

Nadie acude a un gurú esotérico a confesarle: “Soy feliz, mi vida es plena, tengo todo lo que necesito”. Nadie pide a la echadora de cartas que el tarot le cuente que esta mañana se ha levantado como siempre, ha llevado a los niños al colegio y ha iniciado una jornada de trabajo agradable y llena de éxitos, como todas.

El mundo de lo paranormal está siempre ahí, dispuesto a ayudarte si estás en apuros, si estás desesperado. En el fondo, las sociedades que han perdido el escepticismo ante lo mágico son sociedades algo más desesperadas.

La Edad Media era un paraíso de las ideas esotéricas e irracionales: se consumían brebajes para enamorar, se consultaban oráculos en las estrellas, en las tripas de los animales o en los posos de las infusiones, se asesinaba en la hoguera a personas acusadas de contaminar las aguas, arruinar los cultivos o hacer cambiar el clima.

Pero los siglos posteriores pudieron ver abrirse paso un nuevo método para identificar las ideas racionales, eliminar las irracionales y favorecer el crecimiento de la sabiduría. El método científico es la base intelectual del mundo en el que vivimos. Cuando aún no existía, la esperanza media de vida al nacer de un europeo era de 34 años; hoy supera los 80. Hoy no morimos de ninguna de las enfermedades más comunes entonces, y nuestros hijos tienden por naturaleza a sobrevivir al parto, justo lo contrario de lo que ocurría en aquella época oscura. Habremos de convenir que el método científico, cabalgando a lomos del escepticismo, nos ha traído un mundo mejor.

NOTA: Este texto es un fragmento de la introducción de LAS MENTIRAS DE LO PARANORMAL (Libros Libres), el más reciente libro de JORGE ALCALDE,

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Acerca de Xenumex

Soy mexicano, pertenecí al culto de la Cienciología por mas de 10 años, hasta que me di cuenta que Cienciología es solo un fraude. Ahora recopilo historias de abusos y violaciones de los derechos humanos dentro de este culto.

Publicado el 1 julio, 2011 en General y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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